miércoles, 21 de abril de 2010

GONZÁLEZ BÁRCENAS JAIME
22 abril del 2010
“Es difícil divulgar matemáticas”. Carlos Prieto de Castro
Lectura 7

“Las matemáticas: el arte de la abstracción”.


Las matemáticas no son incomprensibles… pero si son más exigentes que otros expresiones. No por otra cosa es que coloquialmente se dice que son complejas: demandan de un mayor esfuerzo que la visión simple de las cosas cotidianas, un árbol o un perro, y para comprenderlas se necesita de una capacidad de abstracción mayor la cual hay que cultivar, desarrollar, y que exige una observación minuciosa y más reflexión, tareas que no todos están dispuestos a realizar. Es mejor aceptarlo así.

Las ciencias, las disciplinas, o las “artes” en sentido tradicional, en lo general y cada una en lo particular, desarrollan un lenguaje propio. Este lenguaje que se conoce como “técnico”, no es un capricho. Por el contrario es resultado de la sofisticación del conocimiento, que necesita de herramientas más precisas que le permitan discriminar diferencias cada vez más sutiles. Sofisticaciones que frecuentemente pasan desapercibidas para los” otros”, los “legos”, los no especialistas. Vocabularios crípticos para los no iniciados en el culto, que revelan la necesidad del especialista por disponer de herramientas que le permitan una más profunda y rica descripción de la realidad. Ese es su origen y su razón.

El desarrollo de otros lenguajes es entonces natural. Los estudiosos precisan y dotan de significados particulares a palabras comunes e inventan otras nuevas.
Si se trata de divulgación entre públicos generales, que no es otra cosa que hablar con los no eruditos, es indispensable emplear un lenguaje normal, recurrir al uso de metáforas y aceptar que se omitan “detalles” (-cosa–que-pesa-al-especialista-). Las metáforas son una fórmula útil que permite lidiar con lo nuevo. El secreto radica en que a lo diferente se le acompaña de elementos conocidos. Estos elementos son cruciales, justamente por su calidad de reiterativos, de ya conocidos, y por ello, despreciados con frecuencia por los diseñadores: son las pistas que permiten descifrar el mensaje, piedras rosetas cotidianas, que dotan de sentido y permiten incorporar lo diferente a la propia experiencia.

Como bien señalan en este artículo, el problema es tender puentes. Si en lo profundo, nos aclara la filosofía de la “desesperanza”, estamos aislados y deambulamos por la vida en nuestra propia isla, reclamamos el anhelo de tocarnos de vez en vez… un roce apenas y es suficiente.

Pongámoslo en práctica y empleemos una metáfora para acercarnos entre dispares. Tomemos como ejemplo un reportaje impreso en cualquier periódico. Lo primero que podemos apreciar son diferentes niveles de lectura: de entrada y a simple vista, una sentencia, más bien corta y en letras grandes suele advertir del contenido (el encabezado). Después las letras cambian en tamaño haciéndose más y más chicas. Puede haber varias etapas, varios escalones que ayudan a bajar a las profundidades de la materia, donde se abunda en la descripción y se revelan múltiples detalles. El lector, tan diverso como sean y según sus capacidades, intereses o recursos, va eligiendo hasta donde llegar, escoge el nivel de profundidad con que se siente cómodo o con el que puede o quiere lidiar. A muchos los espanta la obscuridad.

Es común que se acompañen de imágenes, que, aunque se diga que valen más que mil palabras no siempre es cierto y pueden quedarse cortas. Muchas apuntan al “ todo” y necesitan de una guía (pie de imagen) para que a la mirada no se pierda en interpretaciones y olvide lo pertinente. Con las imágenes se intenta despertar el interés, hacer más atractiva la invitación, para que uno baje la velocidad (-tantas-cosas-que-hay-que-atender-en-esta-complicada-ciudad-), se detenga y acepte pasar, tomar un café y un asiento en el auditorio. Como las fotografías con que ilustra su ensayo y que no se sabe que son pero que atraen la mirada y seducen (-es-buena-la-palabra-).

Volviendo a la complejidad o no de las matemáticas, yo admito mi incapacidad para comprender varias de las paradojas allí descritas. No me siento mal (-¿será-que-debería?-), se que el mundo es complejo y su descripción todavía más… se que me quedo corto (-que-otra-cosa-puedo-hacer-) e intuyo que aunque soy ciego ante esta belleza, la supongo porque veo su reflejo en la sonrisa de los iniciados, de los especialistas, además de que antes me he estremecido con otras visiones, diferentes pero similares, prodigios en otras atmosferas donde mis ojos responden mejor.

“Acercar a una persona sin cierta información matemática a esa belleza resulta casi imposible”.

Para terminar, yo leí “El diablo de los números” y lo compartí divertido con mis hijos. Antes conocí “El hombre que calculaba” de Malbha Than (-suena-algo-así,-y-no-dejo-de-sorprenderme-que-recuerde-tan-extraño-nombre.-No-es-gratuito,-algo-significo-para-mí-). Hay razón cuando se afirma que los matemáticos “escriben entonces sobre temas clásicos y a veces en tono infantil”, pero son útiles y yo no creo que por eso las Matemáticas sea “un tema agotado, donde nada nuevo ocurre”. Lo que pasa, es que soy diseñador, tengo los ojos volteados, miro en otra dirección y pasa tanto en sus alrededores que se torna una labor inacabable, ¿para que otra cosa me alcanzaría?

Dice bien, cuando hablemos entre dispares, debemos aprender a “tender puentes entre nuestra actividad profesional” y los otros, que también somos los mismos.

Debemos hablar el lenguaje común que construye puentes entre las islas que habitamos porque con su “suma” (-esto-es-matemática-) se “multiplica” la posibilidad de creernos continentes, aún que solo fuese una ilusión: imagen simplificada que no retrata la intrincada complejidad del mundo que nos rodea...

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